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Full text of "El credo : comedia en un acto"

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BIBLIOTECA « TEATRO URUGUAYO » N.° 1 



ISMAEL CORTINAS 



COMEDIA EN UN ACTO 



RIMER PREMIO EN EL CONCURSO DRAMÁTICO 
DE AUTORES URUGUAYOS 





O. M. BERTANI — EDITOR 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/elcredocomediaen12616cort 



2.6 6 



BIBLIOTECA « TEATRO URUGUAYO » 



ISMAEL CORTINAS 



El G red© 

COMEDIA EN UN ACTO 

PRIMER PREMIO EN EL CONCURSO DRAMÁTICO 
DE AUTORES URUGUAYOS — 



« No está Dios solamente en el Cielo, 
« sino junto á cada uno de nosotros: en 
« la flor que pisamos, en el aire embal- 
« samado, en la vida que murmura y 
« zumba por todas partes y sobre todo 
« en nuestro corazón. » 

Renán. 



O. M. BERTANI — EDITOR 

1908 



TALLERES GRÁFICOS «EL ARTE», DK O. M. BKRTANI 
RECONQUISTA, 195 



EL CONCURSO PRAMÁTICQ 

VEREDICTO DEL JURADO 

vé 

En Montevideo, á 18 de Setiembre de 
1908, reunidos en la Secretaría del «Tea- 
tro Urquiza » los infrascritos, miembros del 
tribunal del Concurso de Autores dramá- 
ticos nacionales, con el objeto de dar cum- 
plimiento á su cometido, señalando las 
tres obras qne en su concepto sean acree- 
doras de premio entre las que fueron se- 
leccionadas para representarse, resolvieron : 

Otorgar el primer premio á la obra in- 
titulada El Credo; 

El segundo premio, á la intitulada Ca- 
becita loca; 

El tercer premio, á la intitulaba;-/ Pobre 
hombre ! 

Procedióse enseguida á abrir los sobres 
correspondientes á las obras premiadas, á 
fin de conocer los nombres de sus respec- 



600276 



- 4 - 

tivos autores ; resultando ser autor de El 
Credo el señor don Ismael Cortinas; de! 
Cabecita loca, el señor don Luis Scarzolo 
Travieso ; y de / Pobre hombre ! el señor 
don Nicasio Bahrens. 

Se acordó manifestar en esta acta que 
el limitado número de premios establecido 
en las bases del concurso, impide al ju- 
rado recompensar, como fuera su deseo, 
el meritorio esfuerzo que reconoce en 
otras de las producciones presentadas. 

Resolvióse, por último, que las tres obras 
que han sido objeto de premio se repre- 
senten conjuntamente en la noche del 19 
de este mes, leyéndose en el mismo acto 
el presente veredicto, que firman en Mon- 
tevideo, fecha ut-supra. 

José Enrique Rodó — Víc- 
ior Pérez Petit — Samuel 
Blixén. 



PERSONASES 

Adolfo (30 años). Futuro médico. Positivista 
y apasionado de la verdad. Casado con 

Clara. (25 años). Sensible, ingenua y ena- 
morada. Avara de su dicha. Hija de 

Mercedes (50 años). Creyente sincera, pero 
fanática. Siempre en acción de gracias. 

Alicia (20 años). Simpática, espiritual, con 
malicia inocente. 

María (28 años). Buena y amable. Casada con 

Alberto (35 años). Sensible, sentimental. Re- 
cita versos. 

Doctor Suarez (70 años). Eminencia cientí- 
fica. Espíritu amplio y tolerante. Afec- 
tuoso y sonriente. 

Petra (Criada). 

Lulú (Niño de tierna edad). 



Época actual. La acción en Montevideo. 



D^z 




=3 



El ©red© 



(Decoración: Salita de recibo y 
costura. — Alfombra al medio. — Al 
foro, puerta practicable. — Cerca 
de ésta, una cuna de pié, con blan- 
cos cortinados. — Izquierda (del es- 
pectador) ventana-balcón, practi- 
cable, con visillos. — Un diván, dos 
butacas, varias sillas. — Derecha, 
puerta practicable. — Cerca una 
mesita con una canastilla de cos- 
turas y lámpara con pantalla ro- 
sada.— Dos sillas tapizadas á am- 
bos lados de la mesa. — Algunos 
cuadros y bronces. — Elegancia sin 
lujo. — Es de tarde. — Luz cre- 
puscular. ) 



ESCENA I 
Glara y ftlieia 

CLARA — (De pié y contemplando un ramo de flores) 
¡Ah... precioso, precioso I Te agra- 
dezco muchísimo. 

Alicia — Están un poco mustias. Ya pasó la 
estación. 



8 EL CREDO 

Clara — ¿ Vienes de la quinta ? (Coloca el ramo 
en un florero). 

Alicia — Calíate hija! Estoy rendida déla 
caminata: Figúrate que salí enseguida 
de almorzar, para venir á verte (sién- 
tase), pero llegué un momento por lo 
de Luisa á ver á las muchachas y. . . 
me alquilaron la tarde. 

Clara — (Con intención) Si. . . las muchachas. . . 
es claro! 

Alicia — No seas maliciosa. Pepe no estaba. 
Sabrás que se ha dado á los negocios 
y que va á la Bolsa. ¡Es una preocu- 
pación! Con decirte que á mi me tiene 
al corriente de la primera rueda, la se- 
gunda, la suba, la baja, el plazo fijo,... 
¡que se yo! 

Clara — ¿Qué plazo fijo? ¿Se decidió al fin? 

Alicia — Oh... Lo que es ese otro plazo no 
lo preocupa tanto. Siempre hay pró- 
rroga. Que más remedio, hija, hay 
que conformarse y no exigir nada al 
vencimiento, porque con la mayor fres- 
cura se declaran insolventes. Mira la 
pobre María Angélica: diez años de 
amores y de pronto sale el caballerito 
con que... no congeniaba. ¿Has visto 
que cinismo? Cada día me parecen los 
hombres, más sinvergüenzas. 

Clara — Hay excepciones. 



EL CREDO 9 

Alicia — Naturalmente. Lo que es tú no 
puedes quejarte. Adolfo te quiere, te 
mima, te hace los gustos. Es la felici- 
dad completa. 

Clara. — Si, lo confieso: soy feliz. He en- 
contrado mi rincón de dicha. , 

Altcia— ¿En la luna de miel? 

Clara — Y., después. Es la vida nueva... 

Alicia — ¿Pero hablas en serio? {Todavía 
estás enamorada ? 

Clara — Si, pero no solo de Adolfo. De nues- 
tra vida, del nene, de la casa, de todo 
y de nada y. . . hasta de mi misma. 

Alicia — Estás loca, mujer. 

Clara — Ya lo estarás tu también. 

Alicia — Bah. Me parece que aún me queda 
un buen rato de soltería: allá. . para 
Setiembre. Ya sabes lo raro que es 
Pepe. Sin embargo, algo me ha di- 
cho y por eso ya estoy preparando el 
trousseau. Va á ser algo regio. Por- 
que eso sí, yo quiero llevar al matrimo- 
nio, bastante ropa, mucha, mucha ropa 

Clara — ¿Tanta... como ilusiones? 

Alicia — Más . . . mucho más. 

Clara — Ah. . . ! ¿Tu te preparas el ajuar? 

Alicia — No; las Hermanas del Asilo. — De 
allí vengo y por cierto que he presen- 
ciado unas escenas! Estaban esperando 
á las de los huérfanos que las han 



10 EL CREDO 

echado á la calle; como suena: á la ca- 
lle.. ¡Figúrate que heregía! 

Clara— ¡Pobrecitas! 

Alicia — Después, después. pensaba ir al 
Prado, pero fui á la Matriz donde pre- 
dicaba el padre Romero. — Por cierto 
que se las cantó bien claritas. .. Ense- 
guida salieron en manifestación. — Aque- 
llo era un mundo de gente! — Seguro, 
que tu no fuiste, por Adolfo. 

Clara — Fué mamá. — El nada me ha dicho. 

Alicia — Como también tiene ideas., así... 
liberalotas. . . 

Clara — Pero es muy bueno... y tranquilo. 

Alicia — Sí, pondéralo, no más. .. Boba! (Con 
mimo). 

CLARA — Envidiosa. ( Suena el timbre de calle). 

Alicia — Ahi tienes. ¿Será él? (De pié). 

Clara — No, está en el escritorio, leyendo. — 
( Vá hasta la puerta del foro). Espérate, no 
te vayas. 

ESCENA II 
Dichos, Alberto y María por el foro 

Clara — Adelante, adelante. ¡Cuanto de bue- 
no! (Abraza y besa á María con efusión). 
¿Como te va? 

María — Muy bien querida 



EL CREDO 11 

Clara — Usted Alberto. . . me figuro. (Le es- 
trecha la mano ). 

Alberto — Ya nos vé. . . de paseo. 

Clara — ¿Se conocen ustedes? (Por Alicia). 

Alicia — Sí somos vecinos. — Hoy salimos 
juntos. 

Alberto — Es verdad. 

Clara — Bueno, bueno. Vamos á hacer tertu- 
lia frente al balcón porque se está po- 
niendo algo OSCUrO. (Frente á una butaca). 
Tu aquí Alicia, (a un diván). Ahí la sim- 
pática pareja, la inseparable, la dichosa, 
¿verdad? 

(Siéntanse todos menos Clara. Por el balcón en- 
tran los. últimos resplandores de la tarde. — Al- 
berto y María hablarán pausadamente, con gesto 
melancólico). 

Alberto — ¿Tu que dices, María? 

María — Nada... y tú? 

Alberto — Yo. . . nada, tampoco. 

Clara — ¿Pero que les pasa á ustedes hijos 
mios, tienen unas caras. . . ! 

Alicia — Verdad que es estraño. 

Alberto — Es esta. . . que se ha impresionado. 

María - No, es él. 

Alberto — Tú. 

María — Tú. 

Clara — Bueno; los dos. Y que ocurre 1 Va- 
mos á ver. . . 

Alberto — Nada. 



12 EL CREDO 

María — (Pausa) Nada. 

Alicia — Nada (con intención). 

Clara — ¿ Cavilaciones ? 

Alberto - Eso es. El Otoño, la tarde, las 
hojas que caen. .. 

Clara — ¿Melancolías eh ? Parece mentira, en 
plena primavera conyugal. 

Alberto — Primavera, sí,... pero sin flores. 

María — Cállate, Alberto. 

Clara — (Va á tomar el ramo). Pues veanVds., 
aquí hay flores. — Es un regalo de Ali- 
cia. — Están frescas todavía. Una rosa 
(á María)-- • Otra ( á Alberto) •• • para tí un 
pimpollo... (á Alicia). Ahora no hay que 
quejarse. (Deja el ramo en el mismo sitio y des- 
corre los visillos de la ventana. Mientras tanto 
Alberto y María, habiendo mirado hacia la cuna, 
sonríen). 

Alberto — ¿Y el nene? 

María — ¿Muy travieso Lulú? 

Clara — De paseo. — ¿Qué les parece? 

María — Pero... ¿Ya camina? 

Clara — No, todavía no. — Lo mandé con la 
sirvienta hasta lo de Lola. La pobre no 
puede salir y quería conocerlo. — Ade- 
más el médico y Adolfo me recomien- 
dan que le haga tomar aire. — Después 
del terrible susto que nos dio! Porque 
estuvo á la muerte, gracias al Dr. Suá- 
rez. .. 



EL CREDO 13 

Alicia — Pero que mano de hombre.. . hace 
curas milagrosas. ..Es un sabio! 

María — Que tribulaciones, ya me figuro. 

Clara — ¡ Oh 1 . . . que noches de angustias ! 
Ya debía estar aquí. Estas muchachas 
se demoran por ahí y lo ponen á uno 
intranquilo. (Va hasta el foro y regresa). 

Alberto — Hay que cuidarlos mucho, Cla- 
rita. 

María — Si hija. Ten cuidado. 

Clara — ¡ Oh ! — lo que es por eso 1 Bastante 
trabajo me dá ( Pausa. — Oyense de pronto 
aplausos y vítores desde la calle. Voces de mani- 
festación. — Alicia levanta los visillos y Clara se 
dirige hacia ella ). ¿Qué hay, que ocurre? 

Alicia — La manifestación que acompaña á 
las hermanas del Huerto. — Viene de la 
Iglesia. ¡ Cuánta gente ! 

Clara — Ah... Mira, allí vá la hermana Inés 
y la superiora. —Pobres. . . tan resigna- 
das! Miren Vds. 

Alicia —Venga María (á Alberto) V.d. no; por- 
que los hombres para ser modernos 
tienen que hacer estas heregías. — ¡Que 
valientes! (Alberto y María permanecen sen- 
tados ). 

Alberto — Se equivoca, Alicia. Nosotros ya 
habíamos visto la manifestación. — La 
saludamos sí, con respeto y hasta con 
honda tristeza. 



14 EL CREDO 

Clara — ¿Pero. . . usted no es liberal? 

Alberto — No profeso creencias religiosas; 
pero la suerte- de esos pobres niños...! 
Ahí tiene Vd. que hablaba de primave- 
ras: esas son flores de Otoño, tal vez 
hojas que ruedan . . . 

Alicia (Sentándose) Vuelta á lo mismo. 

Clara — ]Ah... recien me doy cuenta de la 
preocupación de ustedes! ( Retirándose del 
balcón) jEs claro! Aun no ha llegado el 
tesoro. No hace tanto tiempo... 

Alberto — Cinco años. 

María — Cinco años. 

Clara— Ya vendrá. Pero no pongan Vds. 
cara tan triste, porque va á asustar el 
angelito. — Ahora, comprendo la impre- 
sión aquella! El Otoño, las hojas... 

Alberto — Ya ve Vd. el contraste. — Unos 
reciben la preciosa carga y la abando- 
nan, la tiran al arroyo. — Otros en cam- 
bio, consumen su ternura y el tesoro no 
llega. . . 

Clara — Bueno, bueno. Lo que Vd. ha con- 
seguido es ponerme nerviosa, porque 
mi tesoro no llega tampoco. (Va otra vez 
hacia el foro. Habla con intranquilidad. — La es- 
cena es de crepúsculo. — Hay muy escasa luz, 
como si ya el sol se hubiera ocultado. — Al pro- 
nunciar Clata, las últimas palabras, ve á Adolfo 
que sale por la derecha, con un libro abierto en 



EL CREDO 15 

la mano). Esta muchacha por entretenerse 
rae va á dar algún disgusto. — Parece 
mentira, ya son las seis . . . 



ESCENA III 
Dichos y Adolfo por la derecha 

Clara — Adolfo. 

Adolfo — ¿Visitas? 

Clara — Alberto y María. 

Adolfo - Ah, no esperaba encontrarlos. (Deja 
el libro sobre la mesa y saluda, dando la manoL 
Yo estaba entregado á mis lecturas es- 
perando á mi viejo profesor cuando 
sentí una algazara en la calle y por cu- 
riosidad . . . 

Alicia — I Que estudioso! 

María — ¿Termina este año medicina? 

Adolfo — Sí, pero no estaba precisamente es- 
tudiando. 

Alberto — ¿Qué leías? 

Adolfo — Un capítulo hermosísimo. 

Clara— (Desde el foro) ¡Cuanto tarda! 

Alicia ( Desde la ventana ) Ya se van, ya se van. 
( Oyense nuevamente aplausos y voces. Alberto 
va hacia la ventana y mira hacia la calle. Alicia 
se sienta junto á María ). 

Adolfo — ¿Esos gritos y aplausos? 



16 EL CREDO 

Alberto — La manifestación de simpatía á 
las Hermanas que hacían de profesoras 
en los asilos y han tenido que abando-: 
nados por haberse adoptado la ense- 
ñanza laica 

Adolfo — Es una justa expresión laudatoria 
de los creyentes. 

Alicia — Me alegro verlo así. 

Adolfo — Creo que siempre he sido razona- 
ble. Yo justifico la resolución adoptada. 
La caridad no se ejercita con sermones; 
los niños no se educan con rezos. Pero 
eso no quiere decir que no justifique 
también el abrazo con que la fe reli- 
giosa estrecha á sus más sinceras de- 
votas. 

María — De modo que Vd? 

Adolfo — Ya lo he dicho. Es doloroso lo 
ocurrido, muy doloroso, pero es profun- 
damente justo. — Es un desagravio al 
porvenir. (Sin declamar) 

Clara — Adolfo, Adolfo; no hables así. 

Adolfo — No podría hacerle de otro modo. 
Bien me conoces. — Bien sabes de mi 
tolerancia y del respeto que me inspi- 
ran esas pobres víctimas que todo lo 
sacrifican en aras de su fe; pero sabes 
también de mis convicciones sinceras. 

Clara — Se exagera á veces. 

Alicia — Como todos : está de moda. 



EL CREDO 17 

Adolfo — No, señorita. Las ideas no son tra- 
jes que se ajustan al último figurín. 

Alberto — ¡Quien sabel 

Adolfo —En ti, no es extraño. Siempre fuiste 
un elegante. 

María — Ahora se compra la ropa hecha. 

Adolfo — Es más cómodo. 

María — Y más barato. ( Clara va nuevamente ha- 
cia el foro ). 

Alberto — No me hagas reproches. Recorda- 
rás que también tuve exaltaciones de 
reformador. Pero no conservo los pri- 
meros bríos y me encuentro en un pe- 
ríodo de transición. Tengo miedo del 
porvenir. — Y hasta me he vuelto sen- 
sible, sentimental. 

Alicia — ¿Hace versos? 

Alberto — Les pongo música. — ¿ Qué será 
mejor? 

Alicia — Ah.. . yo no sé (á María) ¿Y Vd. 
señora también por las melodías? 

María — Algo ... el contagio. ( simulan diálogo ). 

ADOLFO — ( Va hacia la cuna é interroga á Clara que 
se acerca) ¿Y el nene? 

Clara — Estoy preocupada. Lo mandé hasta 
lo de Lola y. . . 

Adolfo - ¡ Clara ! 

Clara — Tú mismo y Suárez, aconsejaron 
que tomara aire puro. — No puede de- 
morar. 



18 EL CREDO 

Adolfo — Eres muy confiada. ( Pausa. — Adolfo 
interroga á Alberto que ha quedado como ensi- 
mismado mirando hacia la calle ). Pero Al- 
berto: ¿qué miras con tanta insisten- 
cia. . . ? 

Alberto — La última despedida de las Her- 
manas. — Apenas se ven sus tocas, tan 
limpias, tan blancas... Es como una 
claridad que se esfuma. . . 

Adolfo — ¡Por qué ha de esfumarse! Brillará 
mejor aún. 

Alberto — Se esfuma, sí, se esfuma... 

Alicia — Ahora si que está Vd. poniendo 
música. 

Alberto — Tal vez, estoy recordando. 

Alicia — ¿Qué? 

Alberto — Unos versos que siempre me im- 
presionaron. 

Alicia — Ah. . la tarde, el otoño, las hojas. .. 

Alberto — Eso, sí... ( Con melancolía) eso: 
« Pensarán en las hojas dolientes, que 
ruedan sólitas por plazas y calles: las 
madres sin hijos, los hijos sin ma 
dres ...» 

Alicia — Deben ser muy tristes. 

Alberto — Oh . . . 

Adolfo — Pero estamos casi á oscuras... 

María — Sí, ya es tarde. 



EL CREDO 19 



ESCENA IV 

Dichos y Petra por el foro, con un 
niño en brazos 

CLARA — (Al ver á la sirvienta va hacia ella, toma al 
niño entre sus brazos y lo besa con grandes trans- 
portes. — La escena se alegra. — Los diálogos son 
más rápidos y las expresiones más ruidosas ). — 
¡Al fin Dios mío, mi hijitol 

María — | El nene ! 

Adolfo — Ya estaba intranquilo. 

Clara — Parece mentira, demorarse por ahí 
hasta estas horas. 

Petra — Es que 1a señora. . . 

Adolfo — Déjate de disculpas... Enciende 
luz. 

Alicia — ¡Qué ricura! ¡Qué monada! { Todos 
forman un grupo en rededor de Clara). 

Clara — Es lindo, verdad? 

María — Precioso, hija, precioso. 

Clara — Ahora tiene buen color. 

Alicia — Ya lo creo. 

Clara — Miren, cómo se ríe. 

María — ¿ Estás contenta ? 

CLARA --¿Cómo no? r Petra ha encendido la luz. 
Todos ríen y demuestran alegría ). 

Alberto — Eso es ; mucha luz. — Hay que ilu- 



20 EL CREDO 

minar la llegada de este pergenio. 
( A Adolfo ) Sabes que está grandecito. 

Adolfo — Sí, se está reponiendo el pobre. 
( Mutis de Petra ). 

Alicia — ¡ Qué ojazos más negros ! ( a Adolfo ). 
Se parece á Vd. 

María — Igualito á Clara, hija. 

Adolfo — A mí. 

Clara — No, á mí. 

Alberto — A ver : ajó, a.. jó... ajó... Diga 
alguna cosa, pues amigo. 

Clara — Si no sabe hablar. 

Alberto — Yo creo que entiende, porque se 
ríe. 

Alicia — ¡Qué gracioso! 

María — ¡Qué picaro! 

Clara — Pobrecito... Toda !a tarde por ahí; 
voy á arreglarlo y á la cuna... (Clarase 
dirige á la cuna seguida por Alberto y María. — 
Allí mientras aparentan desnudarlo, pronuncian 
distintas palabras : « no, así no », « tú no sabes » 
« sí », « del otro lado », « cuidado, cuidado etc. » 
Con naturalidad y ternura. Mientras, el siguiente 
diálogo ). 

Alicia — Qué trabajo ¿ eh ? 

Adolfo — ¡ Ob. . . vaya viendo. 

Alicia — ¿ Yo ? ¿ Por qué ? 

Adolfo — No es secreto. 

Alicia — ¿ Cuál ? 



EL CREDO 21 

Adolfo — Me han dicho que pronto tendre- 
mos boda. 

Alicia — No, que esperanza. 

Adolfo — Pues, es muy cierto. 

Alicia — ¿Le parece... Hay para rato. 

Clara — Ahora, sí : ya está. 

Alberto — Bueno, María ; es hora de mar- 
charnos ( Toma el sombrero y el bastón ). 

María — Cuando quieras. 

Alicia — Y yo con Vdes. Viaje de ida y 
vuelta. 

Clara — ¿ Por qué no se quedan ? 

Alicia — A mi me esperan ( Besando á ciara ) 
Pronto vendré á verte. 

Adolfo — ¿ Y á Vds. también ? 

Alberto — No; nuestra casita quedó sola. .. 

María — Sola . . Adiós Clara. ( La besa ). 

Alberto — . . . y no es bueno abandonarla. 

Alicia — ¿Tiene miedo á las hojas, señor 
poeta. . . ó músico ? 

Alberto — Ahora no. Llevamos un poco de 
calor á vuestra soledad. 

Alicia ( Poniéndose el abrigo ) Pues está bastante 
fresco. 

Adolfo — ¿ Con qué calorcito, eh ? 

Alberto — Sí ; el del nido ajeno. ( van hasta el 
foro y se despiden. Saludos y manifestaciones de 
afecto. 

MívRía — Vamos, Alberto. 

Alberto — Vamos. 



22 EL CREDO 

Clara — Adiós... A ver, cuando vuelven. 
Adolfo — Adiós. 
Alicia — Hasta pronto. 



ESCENA V 
eiara y Hdolfo 

Clara — A pesar de sus quejas, son dicho- 
sos. 

Adolfo — ¿ Lo crees tú ? 

Clara — Sí. 

Adolfo — ¿ Tanto como nosotros ? 

Clara — Eso no. Ellos revolotean como pá- 
jaros viajeros. — Nuestro mundo es más 
reducido, pero más hermoso, ¿ verdad ? 

ADOLFO — Sí, Clara mía. — ( Siéntanse en un bis- á 
bis dialogando amorosamente ). 

Clara — Con que envidia contemplaban á 
Lulú. 

Adolfo -- A nuestro hijo. 

Clara — Celoso. — Si vieras lo inteligente 
que es. — A veces se queda pensativo 
mucho rato y sus ojitos miran al cielo, 
como si resolviera un problema muy 
grave. 

Adolfo — Son cosas tuyas. 

Clara — Te digo que no. — A mi se me ha 



EL CREDO 23 

puesto que va á ser un gran hombre. 
Ministro, Presidente. 

Adolfo — No, no ; nada de política. — El chico 
es muy serio para dedicarse á esas 
cosas. 

Clara — Por lo menos doctor. — Eso sí, doc . . . 
tor. 

Adolfo — Tanto da. 

Clara — ... El doc. ..tor Luis Alvarez Soto. 
Porque también llevará mi apellido!... 
Dr. Alvarez Soto. Suena bien, ¿ eh ? Te 
va á hacer competencia. 

Adolfo — Ya estaré viejo para entonces. 
(Transición) Pero no te preocupes ; ele- 
girá la carrera que más le guste; quien 
sabe no resulta poeta, literato... 

Clara — No, no ! 

Adolfo — ... periodista, matemático- . . 

Clara — Tampoco, 

Adolfo — Tal vez le dé por ser filósofo, mi- 
litar, hasta cura puede ser ! Si se em- 
peña. 

Clara — No. 

Adolfo — Qué más quieres ? Te hará el 
gusto... será Ministro y... doctor. 

Clara — Si, si. Pero por qué ha de ser él? 
Hay tantos niños por ahí. Yo quiero 
que triunfe. ( con orgullo ). 

Adolfo — Comprendido ; pensamos igual (Con 
sinceridad ) También le quiero fuerte ani- 



24 EL CREDO 

moso, luchador, abriéndose paso como 
yo con su energía constante. Nada de 
misterios, calvarios ni valles de lágri 
mas. Que ame la vida, que oficie junto 
á ella, con voluntad tenaz, con plena 
conciencia de su deber ; sano de cuerpo 
y de espíritu, sin cobardías, sin prejui- 
cios. Así le quiero ver. ( Pausa ) 

Clara -- Eso ... ya es otra cosa. 

Adolfo — ¿ Por qué ? 

Clara — No me gustaría que fuera tan des- 
creído como tú. No sería feliz. 

Adolfo — ¿Y no lo soy yo ? 

Clara — Desagradecido ; por que yo rezo 
por ti. 

Adolfo — Ah. — Lo harás también por él. 

Clara — Le enseñaré, será mejor. 

ADOLFO — ¡ Hum . . . ! ( Qesto de duda ). 

Clara — Me figuro que no te opondrás. Tam- 
bién nos casamos en la Iglesia. 

Adolfo — No me lo recuerdes. Fui cobarde 
por tu culpa, porque te quería loca- 
mente, ciegamente. Entonces hubiera 
llegado á todo por ti... 

Clara — ¿Y ahora ? 

Adolfo — Es distinto Clara. Ahora ya no se 
trata de nosotros- 

Clara.— Entonces: ¿por qué lo hiciste? 

Adolfo — No me lo recuerdes, te digo. No 
tienes derecho. No pretendas confundir 



EL CREDO 25 

mis esperanzas en lo porvenir con una 
debilidad del pasado, con un sacrificio 
realizado por ti, sólo por ti. Sería el 
peor obstáculo para nuestra felicidad. 
Piénsalo bien, Clara. 

CLARA— (Rodeándole el cuello con el brazo) No es 
para tanto. ¿ Ves como hasta añora 
no hemos tenido ninguna diferencia? 
Nuestro cariño nos salvará de todo.. 

Adolfo — Eso, eso es lo que quiero. Que 
nuestro amor nos proteja, de todos 
los peligros, de todas las tristezas, de 
todas las desesperanzas. Y que proteja 
también á nuestros hijos. 

Clara — Si no hay más que uno. 

Adolfo — Vendrán más. 

Clara — ¿Tú qué sabes ? 

Adolfo — Uno solo que sea; es la prolonga- 
ción de nuestra dicha, nuestro único te- 
soro. Cuidémoslo mucho. 

Clara — Cállate, nada tenemos que envidiar. 

Adolfo — Ahora, si estoy contento. Nada ni 
nadie podrá interrumpir nuestra felici- 
dad. ¿ Me querrás siempre ? 

Clara — Inocente! ¿Quieres que te lo jure? 
( Besa un crucifijo que lleva colgado al pecho ). 
Por este. 

Adolfo — Ah... un crucifijo! Todavía dura 
el desagravio ! 

Clara — Sí. 



26 EL CREDO 

Adolfo — Pues aun sin jurar te creo... por-|( 
que te quiero. ( La besa con ternura. Merce 
des desde la puerta del foro tose intencional- 
mente.) SÍ te quiero. 

Clara — Adolfo 1 

Adolfo — Me lo debías. 

Clara — Me parece que olvidas la cuenta. 

Adolfo — ¿Te disgusta? 

Clara — ¡Bobo! 



ESCENA VI 
Dichos y Mercedes por el foro 

MERCEDES — ( Con traje de calle. Un libro de misa y 
rosario en la mano. Además medallitas y escapu- 
larios ). Buenas tardes. 

Clara — Mamá, ¿ qué te has hecho en toda la 
tarde ? 

Adolfo — Muchas visitas, señora ? 

Mercedes — No. 

Adolfo — Entonces, ha sido largo el oficio. 

Mercedes — Más largos debían de ser. Es 
una vergüenza lo que pasa ; si señor 
una vergüenza. 

Adolfo — ¿ Pero qué ocurre ? 

Mercedes — ¡ Ah. . . no . sabe ; hágase el ino- 
cente ! ¡ Los hombres de talento ! Si no 
saben otra cosa ! 



EL CREDO 27 

Clara — Pero mamá ; ¿ qué te pasa ? 

Adolfo — Tiempo malo. 

Mercedes — Tiempo malo, sí ; tiene Vd. ra- 
zón. Tiempos de corrupción y de here- 
gía. Ya no se siente nada, no se cree 
en nada, no se quiere nada. Es una 
falta de respeto y consideración. Aca- 
barán por convertir esto en un in- 
fierno. 

Clara — No se altere así. 

Adolfo — Tenga calma señora ; serene su 
espíritu. Seguro que Vd. ha estado de 
manifestación He ahí lo que ha conse- 
guido. 

Mercedes — He estado, sí. Y si no fuera por 
su culpa, esta hubiera ido también. 

Adolfo — Eso es injusto. ¿ Te he dicho algo 
Clara ? 

Ciara — No, mamá; nada me ha dicho. 

Mercedes — Pero te estás contagiando. Muy 
bien que antes salías conmigo. 

Clara — Y ahora también 

Adolfo — Porque Vd. la llevaba. 

Mercedes — Para eso soy su madre. 

Adolfo — Como Vd. quiera ; pero no veo 
motivo para. . . 

Mercedes — Cuando se ha visto lo que está 
pasando ? Ni la caridad respetan. Em- 
pezaron por sacar los crucifijos del 



28 EL CREDO 

hospital. Ahora las Hermanas de los 
asilos. 

Adolfo — Son otros tiempos. 

Mercedes — ... i Otros tiempos I Sólo falta 
que entren á las casas á imponer su 
voluntad. 

Adolfo — ¿ Le parece que falta ? 

Mercedes — Pero se equivocan. No hemos de 
permitir que se mofen de cosas que 
siempre fueron sagradas. Toda la vida. 

Adolfo — ¡ Toda la vida ! 

Clara — Bueno. Tú sabes que te queremos y 
te respetamos, ¿ verdad, Adolfo? 

Adolfo — Es claro. Cada uno con sus ideas 
y sus creencias. 

Mercedes — Y entonces ¿ por qué le prohibe 
que vaya á confesarse ? 

Adolfo — Porque... hemos convenido con- 
fesarnos mutuamente. ¿ No es eso ? 

Clara — Es verdad. 

Mercedes — Cállate. No te das cuenta del 
despojo de que eres víctima. Bien lo he 
notado. 

Adolfo — No señora, aquí no hay despojos. 
Lo que hay, es cariño y sinceridad que 
es lo que debe haber en un hogar hon- 
rado. ( Transición ). Vd. sabe que participa 
de ese cariño y se queja de satisfecha. 
( Suena el timbre de calle ). 

Mercedes — Sí, palabras muy bonitas. 



EL CREDO 29 

Adolfo — Vamos, hay que tener calma. 
Clara Adolfo. (Nerviosa.), Han llamado. 
Adolfo - Tal vez el Dr. Suárez, Me avisó 

que vendría á buscarme para ver á un 

enfermo grave. 
Clara — ¿ No vendrás á cenar ? 
Adolfo — Sí ; tendremos tiempo. 

ESCENA VII 
Dichos y Petra desde el foro 

Petra — Señor, lo buscan. 

Adolfo -- ¿Quién es ? 

Petra — Un joven. Dejó esta tarjeta. 

Adolfo ( Leyendo ) Julio Ramos. Que pase al 
escritorio. 

Petra — Está bien. 

Adolfo — Vuelvo enseguida y... espero se 
habrá serenado un poco. Vamos á ha- 
blar juiciosamente. 

Clara — No demores. 

ESCENA VIII 

Mercedes y ©lara 

Mercedes — ( Después de una pausa ) Ahí tienes, 

burlándose. 
Clara — No, Adolfo no es capaz. 



30 EL CREDO 

Mercedes — ¡ Oh también se deja seducir ! 
Grandes ideas ! mucho talento y son 
capaces de negar á Dios. Así pasan la 
vida descreídos, aburridos. Lo que han 
hecho con los niños del asilo ! ¿ Qué va 
á ser de ellos ; abandonados ! Y tú pue- 
des ir pensando en el tuyo. 

Clara — Qué ! ¿ Qué dices ? 

Mercedes — Si no sabes imponerte, si no sa- 
bes inculcarle á tiempo tus creencias, 
que son las de tus padres y fueron las 
de tus abuelos, ya verás, ya verás 
Toda la tradición de la familia está en 
tus manos. 

Clara — ¿ Y qué quieres que haga ? 

Mercedes — Cumplir con tu deber, enseñando 
lo que te enseñaron á ti. Hoy lo dijo 
bien claro el padre Romero: corren pe- 
ligro los hogares y hay que prepararse. 
(Transición) Quedó resuelto que á la hora 
de la oración se le pongan en el pecho 
á los niños estas medallitas y escapu- 
larios, en desagravio á lo que han he- 
cho con los de los asilos. Yo le arre- 
glaré unas cintitas y se los pondré 
luego, antes de ir al sermón. 

Clara— Ah . . 

Mercedes — Y es necesario que te preocupes 
de este inocente. Si tú has sido buena 
es porque supe inculcarte la fe reli- 



EL CREDO 31 

giosa y educarte en el temor á Dios. Sin 
embargo, estás cediendo demasiado 
lara — Por nuestra dicha, por nuestra feli- 
cidad. Yo los acompaño con mis ora- 
ciones. 
Mercedes — No basta con eso. Ahora se trata 
de tu hijo y tienes que ser más re- 
suelta si no quieres verlo condenado. 
Es tu hijo y nada ni nadie puede impe- 
dirte que prepares su conciencia reli- 
giosa. 
lara — Bueno, mamá. Cuando esté más cre- 
cido. . . 

VIercedes — No. Antes que el niño sea ma- 
yor y ande en buenas ó malas compa- 
ñías y se entregue á lecturas peligro- 
sas, que aprenda á ser buen cristiano. 

Clara — Está bien, se hará como tu quieras. 

Mercedes — Inocente... tan bueno! ( Se acer- 
can á la cuna ). 

Clara -■- Mi hijito. ¿ Está lindo, eh ? 

Mercedes — Ya lo creo... y dócil. 

¡Clara — Sí. . . dócil. 

Mercedes — Ya verás que pronto aprenderá 
tus oraciones. Lo primero « El Credo ». 

Clara — « El padre nuestro » . . . es mas 
corto. 

Mercedes — No. Que se vaya acostumbrando 
á decir « creo en Dios » y á saber donde 
está. Mira, mira. ( Inclinándose sobre la cuna). 



32 EL CREDO 

A ver, buena pieza. Levante esa manito. 

Allá está Dios... en el cielo. (Adolfo apa 

rece por el foro. 
Clara — ¡ Qué serio se pone ! 
Mercedes — Arriba.. . en el Cielo. Allá está 

Dios. 



ESCENA IX 
Dichos y Hdolfo 

Adolfo — ¿ Qué ? ¿ Qué es eso ? Pero Clara, 

Clara. 
Clara — Estábamos entreteniéndolo. . . ju- 
gando, no tiene sueño. 
Adolfo — Eso no está bien. Tú no sabes 

mentir y te traicionas. ¿ Por qué te ocul 

tas para hacer eso ? 
Clara — Adolfo ! ( va hacia él ). 
Adolfo — Parece mentira. ( Pausa ). 
Mercedes — Al fin y al cabo es su hijo ; hace 

perfectamente. 
Adolfo — No. Es nuestro hijo. 
Mercedes — Supongo que no le negará su 

derecho. 
Adolfo — ¿Su derecho? 
Mercedes — Sí. Que lo eduque como yo la 

eduqué á ella. 
Adolfo — Señora : yo no quisiera discutir es- 



EL CREDO 33 

tas cosas con Vd. Sé los respetos que 
le debo. 

Clara — Sí ; no discutan. No hay necesidad. 
Después hablaremos . . . 

Mercedes — Mira hija : Cuando llega la oca- 
sión, lo mejor es decir las cosas bien 
claras.. . 

CLARA — ¿ Per© por qué ? ( Siéntase acongojada 
frente á la cuna ). 

Adolfo — Tenía que suceder ! Bueno : ¿ qué 
son esas cosas que Vd. tiene que decir ? 
Ya escucho. ( Siéntase junto á la mesa y en- 
ciende un cigarrillo ). 

Mercedes — Que el deber de Clara, es ir pre- 
parando la educación religiosa de su 
hijo. 

Adolfo — ¡ Su deber ! 

Mercedes — Sí, su. deber. ¿ Pretende Vd. que 
el niño no tenga creencias ni temores? 
Tiempo tendrá cuando sea hombre de 
hacer lo que le dé la gana. Pero en- 
tonces todas las responsabilidades serán 
suyas. 

Adolfo — Me interesa eso de... las respon- 
sabilidades. Continúe. 

Mercedes — Ya lo he dicho. Y no veo por- 
que Vd. ha de oponerse á que se le 
prepare en la doctrina cristiana para 
elevar á Dios sus oraciones. Que sepa 
el Credo por lo menos. 



34 EL CREDO 

Clara — Sí, Adolfo. 

Adolfo — Pero ... ¿no comprenden Vds ? 

Mercedes — Parece mentira, jamás pude sos- 
pechar que fuera capaz de negar á 
Dios. Eso es el colmo de la heregía. 

Adolfo — Yo no niego nada, pero . . . 

Mercedes . . ¿ Qué ? 

Adolfo — Hay muchos modos de ser cre- 
yente. Todos no piensan como Vd. Por 
aquí hay algo de respecto. (Hojea el libro) 

Mercedes — Ya me figuro : heregías. 

Adolfo — No . . Ya verá . . . por aquí, aquí 
está... aquí .. (Lee) «No está Dios so- 
« lamente en el Cielo, sino junto á cada 
« uno de nosotros : en la flor que pisa- 
« mos, en el aire embalsamado, en la 
« vida que murmura y zumba por to- 
« das partes, y sobre todo en nuestro 
« corazón ». 

Mercedes — Basta ; no lea más. Ya me supo- 
nía cuales habían de ser sus lecturas. 
Esos son fanatismos, tú no debes escu- 
char, Clara. 

Clara — Pero basta, basta; no prosigan que 
que me hacen daño. 

Mercedes — Vé, vé, lo que ha conseguido : 
lágrimas y disgustos. Esa es su tole- 
rancia. 
Adolfo — No me acuse ; no me haga perder 
la calma. Yo no he cometido injusti- 



EL CREDO 35 

cias ; he respetado la fe de Clara, su 
devoción. Vea ese Cristo que lleva junto 
al pecho. El me justifica. 

Mercedes — Y todavía habla de Cristo ! Mu- 
cho respeto por su imagen y hace un 
momento protestaba... 

Adolfo — No confunda señora, no confunda. 

Mercedes — ... protestaba, sí, porque le ha- 
blábamos del Cielo á ese angelito. Ne- 
gará que Cristo dijo : « dejad á los ni- 
ños que vengan á mí ».. 

Adolfo — Sí, es cierto. Y eso quiero precisa- 
mente. Quiero que vayan, que vayan.-, 
pero que no los lleven. 

Mercedes — Cállese ; parece que no hubiera 
tenido madre, 

Adolfo — La tuve, sí, y bien creyente. Más 
de una vez mientras yo estudiaba, la 
sorprendí elevando sus oraciones en si- 
lencio, con devoción sincera. Así la 
quise más. ( Transición ) 1 Ah . . . ! ¿ por qué 
lo exigen todo de mí? Piénsalo bien, 
Clara ; tú sabes que te quiero, que por 
ti soy capaz de todo. Entre nosotros no 
debe haber ni una sombra. Tantos que 
envidiarán el calor de nuestro nido ! 
Mañana mismo hablaremos de estas co- 
sas y verás, verás... ( Va hasta el balcón, 
Jo cierra y corre los visillos. Mercedes se acerca 



36 EL CREDO 

á Clara, manteniendo el siguiente diálogo en voz ; 
baja y muy rápidamente ). 

Mercedes — ¿ Qué piensas hacer ? 

Clara — Mañana. . . 

Mercedes — No ahora. Ya sabes que esta no- 
che es necesario. . . Insiste. . . y cederá, 
por que te quiere. Tengo otro recurso. 

Adolfo — Bueno, hasta ahora ; si viene Suá- 
rez no dejen de avisarme. (Va hacia el 
foro. 

Mercedes — Llámalo. 

Clara — No. 

Mercedes — Llámalo, te digo. 

Clara— Adolfo... escucha. 

Adolfo — ¿ Qué ? ( volviendo ). 

Clara — Es para decirte que. . . Mamá te va 
á hablar. 

Adolfo — Veamos. ( Pausa ) 

Mercedes — Pues .. . ya que Vd. ha demos- 
trado tan buena disposición de ánimo. . . 

Adolfo — No insista señora, no insista. 

Mercedes — No ; estas cosas hay que arre- 
glarlas de una vez. Nada de tapujos. 

Adolfo — Por favor ! 

Mercedes — Escuche: Clara está dispuesta á 
hacer valer todos los derechos que le 
acuerda la consagración religiosa para 
educar á su hijo en las creencias que 
profesa. 

Adolfo — ¿ Qué ? ¿ Los derechos ? 



EL CREDO 37 

Mercedes — Sí, los derechos. 

Adolfo — Pero Clara... ¿es cierto? 

Clara — Yo te explicaré. 

Adolfo — ¿ Es cierto ? 

Clara — Mira, es que. . . 

Mercedes — Di la verdad. 

Adolfo — Pero ... ¿es cierto ? ( con dureza ) 

Clara — Yo ... 

Adolfo — Basta, no hables, no digas nada. 
Ahora soy yo el que me rebelo ; soy 
yo el que protesta. Basta de farsas. 
Basta de mentiras. Han conseguido vol- 
verme á la verdad de las cosas. Quie- 
ren guerra, pues guerra. Mucho tiempo 
he adormecido mis facultades, he estru- 
jado mis ideas, he reducido mi volun- 
tad de hombre libre, porque tenía an- 
sias de cariño, de realidad afectiva. 
Pasó el miraje ; este es el naufragio de 
mis ilusiones. ( Se pasea agitado, exaltándose 
á medida que habla ). 

Clara . . No Adolfo, no. 

Adolfo — Vds. lo han querido, han destruido 
mis esperanzas ; pero queda en pie la 
idea pujante que quiere verdad, ver- 
dad... Tenía que suceder. Había clau- 
dicado cobardemente, me había entre- 
gado con docilidades indignas de mi 
entidad moral. Ahora me reconozco. 

Mercedes — \ Qué barbaridad ! 



38 EL CREDO 

Adolfo — Perfectamente. Yo también haré 
valer mis derechos de padre. Ahí hay 
una conciencia que Vds. quieren atar, 
estrechar, deformar, con los férreos 
lazos de una fe mentida. Pues bien, yo 
le ahorraré el dolor de romper sus li- 
gaduras . . . 

Clara — Pero Adolfo, Adolfo, escúchame. 

Adolfo - ( con exaltación ) Si no son . Vds. so- 
lamente. Es todo el pasado, oscuro y 
falso que consuma su obra. Pero me 
opondré con todas las fuerzas de mi 
voluntad ; no quiero tener la responsa- 
bilidad de haber sido cómplice. Vds. le 
enseñarán el Credo de los Cielos y yo 
el' de la tierra, el de la vida, el salmo á 
la luz, á la savia que fecunda, ... al por- 
venir. Quiero que sea un hombre libre, 
sano, sin prejuicios. 

Mercedes — Pero .. . qué blasfemia! ¿Será 
Vd. capaz ? 

Adolfo— Sí, le enseñaré el verdadero credo. 
Sabrá rezar. 

Mercedes — ¡Qué heregía ! 

Clara — Ah. .. perdóname, yo te diré.. . es- 
pera. ( Suplicando ) 

Adolfo — No, déjame, déjame. Voy á hacer 
lo que debo hacer. ( Desde el foro ). Vds. 
lo han querido. .. sea. (Mutis). 



EL CREDO 39 

ESCENA X 
Glara y Mercedes 

CLARA — (Después de una pausa, sollozando). Todo 
todo. . . está perdido. ( Siéntase frente á la 
mesa ). 

Mercedes — No, hay que ser fuertes. Su exal- 
tación es pasagera. Verás como vuelve. 

Clara — Mi felicidad ; mi hijo ! 

Mercedes — Cálmate, cálmate. ¿ Te abandona 
la fe? 

Clara — No puedo más. ¡ Mi hijo ! 

Mercedes — Vamos no llores. Tranquilízate 
un rato y verás. ( Recoge las medallas y el ro- 
sario ) Prepárate para luego. Ya sabes 
lo que hay que hacer. 

Clara — Dios mío. 

Mercedes — Hasta ahora. ( La besa ). No llores. 
( Mutis derecha )• 

ESCENA XI 
Clara, después Suárez por el foro 

CLARA — ( Permanece nn instante sollozando ). No, 
no puede ser, Adolfo, Adolfo. ( sale por 
el foro, sintiéndose su voz que llama á Adolfo. 



40 EL CREDO 

La escena queda sola unos instantes. Después en- 
tra el Dr. Suárez, se quita el sombrero y queda 
un momento callado frente á la cuna. Clara re- 
gresa j? le habla desde el foro) Ah. . . es Vd. 
doctor. 

Suárez — Bien sabes que no los olvido. Es- 
toy un poco viejo y cuando siento frío 
vengo hacia este paraíso. 

Clara — Nuestro paraíso... perdido. 

Suárez — Ah, sí. ¿ Por qué no está Adolfo ? 
Juventud impaciente ; todo lo quiere de 
una vez ! 

Clara — No, no ; es horrible lo que pasa. 
Sólo Vd. puede salvarnos. Vd. que vol- 
vió á nuestro hijito á la vida, sálvenos, 
doctor, 

Suárez — Locuras, locuras de muchachos. 
Con nada se conforman. Alguna nube- 
cita conyugal, eh? Quieres que yo haga 
de abuelo. Bueno, bueno, ¿donde está 
ese señor? 

Clara — Sí, llámelo pronto. Nuestra dicha se 
aleja. 

Suárez — No, Vds. se alejan de ella. ( Llama 
desde el foro ) Adolfo ! Adolfo ! ( Siéntase 
en una butaca ) Vamos á ver. Haré el día 
completo : medicinas para el cuerpo y 
para el espíritu. Vamos, vamos á ver.. . 



EL CREDO 41 

ESCENA XII 
Dichos y Adolfo por el foro 

Adolfo — (Nervioso) Oh... mi sabio profe- 
sor! (Trae unos papeles en la mano, Saluda á 
Suárez). 

SuÁREZ — (Hablando muy reposadamente) Sí. . . por 
todo lo alto: Sabio! Muchacho, mucha- 
cho. ¿Pero qué te pasa? Estás ner- 
vioso, estás exaltado. 

Adolfo — Sí, se trata de mis esperanzas . . . 
todas por el suelo. 

Suárez — Ahí está: todo ó nada, cielo ó in- 
fierno. LOCOS, más que locos... (Pausa). 
Y yo que siempre espero... y confío. 

Clara — ¿Oyes, Adolfo? Tiene razón. 

Adolfo — Ya es tarde. 

Suárez — Tarde. ¿Por qué es de noche? Pero 
vamos, vamos á ver: ¿qué es lo qué 
hay? ¿Qué ocurre? 

Adolfo — Lo que ocurre es que se ha tur- 
bado la calma apacible de nuestro ho- 
gar con un empeño fanático. Aquí se 
quiere imponer, imponer sí, por todos 
los medios, un culto, con todos sus dog- 
mas, sus ritos, sus rezos. ¿Quieren sal- 
varnos á todos para la otra vida! 

Clara — Y tú quieres condenar á un ino- 
cente. 



42 EL CREDO 

Suárez Ven, ven. Ya lo dije: cielo ó in- 
fierno! ¡Qué locura! (Pausa). ¿Quién es 
el condenado? 

Clara — El nene! 

Suárez — ¡Hum! Eso es más grave. 

Adolfo — Son Vds los que se empeñan, pero 
yo me opondré. Quiero que sea un hom- 
bre de conciencia! 

Suárez — ¡Un hombre de conciencial 

Adolfo — Nada de misterios, inmortalidad, ni 
castigos divinos. Que sepa, que piense, 
que se acostumbre al culto de la idea. . . 

Suárez — ¡ El culto de la idea ! 

Clara — Doctor... usted. 

Adolfo — Sí. ( á ciara ) Contra vuestros rezos, 
contra vuestras oraciones á la nada, yo 
le enseñaré el verdadero Credo. Aquí, 
está, sí, aquí está. 

Suárez — ¡ El verdadero Credo ! 

ADOLFO — ( Leyendo apresuradamente ) « • • .Creo en 
la verdad de la vida misma, creo en. . . 

SuÁREZ — ( interrumpiendo ) Una duda ( Mirando á 
la cuna ) ¿ Sabe leer ? 

Clara — No, no. 

Suárez — Basta, no prosigas. 

Adolfo — Pero . . . 

Suárez — Con que un hombre de conciencia ! 
¿ Sabes lo qué has dicho ? ¿ Sabes lo qué 
te propones ? Bueno, continúa. 



EL CREDO 43 

Adolfo — Ahora no. Ya pasó la ráfaga. Pero 
lo enfurecen, lo exaltan, lo acorralan á 
uno ; lo oprimen dentro de un círculo 
de hierro. . ■ y tiene que estallar. ( sién- 
tase junto á la mesita ) ¡ Qué confusiónl ¡Qué 
injusticia ! 

Clara — Doctor, Vd. puede salvarnos. Le 
creo todo, todo ; porque le debo la vida 
de mi hijo. 

Adolfo — Sí, Vd. puede hacerlo. 

Suárez — Yo . . . no sé. Es muy grave . . eso. 

Adolfo — Más grave era la muerte y Vd. la 
alejó. Su ciencia encontró la fórmula 
para abatir el mal. 

Suárez — Mi ciencia 1 Entonces operábamos 
sobre carne viva ; veíamos, palpábamos, 
investigábamos... ¡La fórmula! Ese 
afán de concretarlo todo, de aprisio- 
narlo todo : las ideas, los sentimientos, 
lo que vendrá. . . Somos incorregibles. 
(Pausa). ¿Duerme? 

Cf.ara — Sí, ahora sí. Con nuestras disputas 
no lo habíamos dejado. 

Suárez — Ah... los sueños! Si ustedes su- 
pieran I 

Adolfo — ¿Qué? 

Clara — Hable doctor! 

Suárez — Escucha, Clara: Si yo ahora por 
medio de una influencia extraña, tur- 
bara su reposo... y le produjera sue- 



44 EL CREDO 

ños, arrobamientos, pesadillas ¿qué di- 
rías? 

Cla.ra — Eso no es posible... pobrecito. 

Suárez — ¡Ah! ¿Y qué harías tú Adolfo, Si lo 
despertara de pronto, bruscamente, sa- 
cudiéndolo con fuerza? (Pausa) ¿No con- 
testas? Claro! Lo natural es arrojarlo, 
cuidarlo, vigilarlo. . . 

Frente al dolor he visto almas al des- 
nudo, vidas en transparencia. (Clara y 
Adolfo se acercan á Suárez, interesados por sus 
palabras. Este continúa lentamente). Hombres 
débiles, cobardes, llorando como... los 
niños cuando se les asusta con cuentos 
de brujas, infiernos y dragones. Otros 
delirando con grandezas, cielos, paraí- 
sos, insensibles hasta para el mismo 
mal que los rodea. . . en éxtasis. . . como 
los niños también, cuando despiertan 
radiantes, recordando al príncipe y las 
hadas que le hablaron al oído en un 
arrullo... Unos adustos, graves; otros 
taciturnos, ingenuos, alucinados. Pensé 
en las cunas más de una vez. Me pare- 
cía que todavía estaban meciéndose... 
Piénsenlo Vds. también. Que duerma, 
que duerma mucho. Lo reclama su 
cuerpecito tierno y su... conciencia, 
Adolfo, que empieza á desplegar sus 
alitas, su fuerza, su vigor. Eleven sus 



EL CREDO 45 

oraciones junto á él, pero en voz baja, 
en silencio, para no violentar su sueño. 

Adolfo — ¿ Entiendes, Clara ? 

Clara — Sí. 

Suárez — Cuando despierte . . 

Adolfo — Ah... eso; eso es lo que quere- 
mos saber; nuestro deber. 

Clara — Sí. . . eso. 

Suárez — Otra vez ¡ la íórmula I El primer 
deber. . . 

Adolfo— Sí; que ideas, que creencias, que... 

Suárez — Eso es más grave, yo no al- 
canzo.. . 

Clara — Sí doctor, háblenos. 

Adolfo — Sus opiniones, su Credo. 

Suárez — ¡ Mi Credo ! Aun no podría tradu- 
cirlo . . 

Adolfo — Pero nuestro deber... para el por- 
venir. 

Suárez — \ El porvenir ! Yo no sé. 

Adolfo — Pero Vd. qué haría? 

Suárez — \ Yo.. . ! 

CLARA — ¡ Ah (Gesto.de desaliento, igual que Adolfo. 
Pausa ). 

SUÁREZ — Escuchen. ( Con mucha calma, sonriendo ) 
Conozco una quinta, una huerta, un 
sembrado. El viejo propietario la he- 
redó de sus mayores. Aquello es su 
vida. Los manzanos florecidos parece 
que se inclinan saludando su paso, 



46 EL CREDO 

cuando se dirige con la azada hasta el; 
sembrado. Ha recogido muchas cose- 
chas: ¡siempre sonriente! Riega, riega 
los surcos y cuida con amor el fruto 
que madura. Su azada cae y cae, no 
como un golpe... como una caricia. 
Destroza los yuyos, aparta la maleza 
I Hay algo que palpita, que empieza á 
vivir! Los tallos, brotan tiernos de la 
tierra, como sentimientos de almas bue- 
nas. Y crecen y crecen, hasta que las 
espigas maduran, meciéndose ondulan- 
tes, surgiendo gallardas frente al espa- 
cio, como ideas que se agrupan frente 
á un enigma... Y los cuida, los riega, 
los mima, con amor, con ternura. A ve- 
ces se detiene en su labor é interroga 
hacia lo alto con verdadera unción: 
El cielo... lo infinito... ¡Dios!... ¿Su 
oración? No sé. El viejo sonríe, y se 
inclina nuevamente sobre el sembrado, 
apartando brezos, destruyendo maleza 
y regando, regando con afán al fruto, 
que crece agradecido á la amorosa llu 
via... ¿Algo desciende de lo alto? No 
sé. Los frutos son sanos y vienen otros 
y otros, como nuevos sentimientos, como 
nuevas ideas... mientras la azada sigue 
cayendo sobre el surco, como una cari- 
cia.. ¡El primer deber! Que sea sano, 



EL CREDO 47 

que sea bueno. Miren arriba si quieren- 
pero pongan toda la ternura en su cuida, 
do (señala la cuna) mientrasduerme, mien- 
tras fecunda como un fruto. . . (Pausa). 

Adolfo — ¿ Y cuando despierte ? 

Suárez — Amor y siempre amor.. . Que los 
vea abrazados, estrechamente, sonriendo 
sobre su cuna, como una bendición, 
como un ejemplo ; como el viejo de la 
huerta, que riega, riega y ( emocionado ) 
acaricia el surco.. . 

CLARA — Sí Adolfo. . . SÍ. . . < Posando las manos 
sobre sus hombros ). 

Adolfo — Clara ! 

Suárez — Después. . . 

Adolfo — ¿ Qué ? 

Suárez — Abran bien las ventanas para que 
entre luz, aire, para que se vea la pu- 
reza del cielo, el brillo del sol y se 
sienta el ruido de la calle, de los que 
luchan.. . 

Clara — ¡ Y si pregunta ! 

Adolfo — ¡ Si interroga ! 

Suárez — Entonces. .. entonces... le dicen lo 
que se cree, lo que se piensa... lo que 
se sabe. Y besos ! 

Clara — Lo que se cree. . . J 

Adolfo — Dudará. 

Suárez — Dudar ! Y Vds. que >me interrogan, 
y yo que no Sé. . . ( Con gran convicción ) 



48 EL CREDO 

En algo se cree, cuando se duda since- 
ramente, amorosamente, religiosamente. 

Adolfo — Entiendes, Clara? 

Clara -- Sí . . . Y tú . . . ¿ Comprendes ? 

Adolfo — Comprendo. ( sin gestos y con calma, 
rompe los papeles y los tira al suelo. Después va 
hacia Clara y le estrecha las manos en silencio ). 

Süárez — Bien, bien. ¡ Pausa ) Y ahora nosotros 
á donde nos esperan : á aliviar, á con- 
solar. 

Adolfo — Sí, vamos. 

SuÁREZ — Adiós Clarita. ( Dándole la mano ). 

Clara — Gracias. . . gracias. 

SuÁREZ— Bah. .. bah. .. ( Se encamina hacia el 
foro con Adolfo seguido por Clara. Desde allí se 
vuelve y dice), i Cuando despierte ! 



ESCENA XIII 

Clara, después Mercedes por la 
derecha 

(Clara queda un momento junto á la puerta del foro. Des- 
pués va hacia el balcón, levanta los visillos y 
hace señas saludando á Suárez y Adolfo que se 
alejan. La campana de una iglesia próxima toca 
oración. Al sentirlo, Clara se arrodilla y se per- 
signa. Después cruza frente á la cuna dirigiéndose 
hacia la mesita. Al ir á bajar la luz repara en el 



EL CREDO 49 

libro. Simula leer muy breves instantes. Después 
amortigua la luz y se coloca frente á la cuna ). 

MERCEDES — ( Trae en una mano las medallitas y es- 
capularios y señala al niño. Suena la campana 
nuevamente. Se oirá el tañido hasta el final). Es- 
cucha, escucha: la oración. Ahora... 
ya sabes. 

CLARA — ( Volviéndose y con firmeza ) No, no. 

Mercedes — Sí, ahora, mujer. 

Clara — He dicho que nó. (Despacio). Está 
dormido. 

Mercedes — ( a media voz) Es que . . yo tengo 
que irme. 

Clara — Bueno. . . vete. 

Mercedes — ¿Y esto ? 

Clara — Déjalos. Ahora no. (Mercedes deja las 
medallas en la mesita y se encamina al foro). 

Mercedes — Pero. . . 

CLARA — ( Seña de silencio ) Schisst. . . 1 < Indica 
con el gesto que el niño va á despertar ) • • • No 
ves. . . [ Mutis de Mercedes, Clara se sienta 
junto á la cuna, la mece lentamente y canta muy 
despacio : 

« Arrorró, mi niño 
arrorró, mi sol, 
arrorró pedazo 
de mi corazón ». 



Telón lento. 



Montevideo, Octubre de 1908. 

Con el presente volumen, esta casa edi- 
tora inicia la publicación de la Biblioteca 
Teatro Uruguayo, por medio de la cual tra- 
tará de dar la mayor difusión posible á la 
obra de los escritores nacionales. 

En la realisación de dicha empresa, no 
se omitirá sacrificio alguno, abrigando la 
esperansa de que la iniciativa encontrará 
favorable acogida en el público, desde que 
tiende á formar mayor ambiente para la 
producción de la intelectualidad uruguaya. 

Dentro de breve tiempo, pues, se publi- 
carán otras obras que han tenido éxito ha- 
lagüeño en los escenarios y algunas inéditas 
cuyos originales ya se han dado á las cajas. 

O. M. Bertani, 

Editor. 



©. M. BERTÍINI, Editor 

Calle SARÁN ai, 2AO — MONTEVIDEO 

obrhs PüBueaoas 

Autores nacionales: 

Armando Vasseur, Cantos Augúrales 'poesías) — — $ 0. 2^ 
M.Pérez y Curis, Rosa ígnea ( 2. a edición) — — — » 0«2M 
Manuel Medina Betancort, Cuentos al Corazón, 3. a 
Edición ( Ilustraciones de A. Goby ) — — — — — » 0.4^ 

Perfecto López Campaña, Fanfarria de Prejuicios — *> 
Emilio Frugoni, El Eterno Cantar, 5. a Edición, ( Ilustra- 
ción de A. Goby)— — — — — — — — — — — * 0.1 

Enrique Gsuntz, En el tálamo del amor (ilustración de 
A. Goby) — — — — — _ — __ — _ — — » 0. 

Ángel Falco, Ave Francia (prosa y poesía)— — — — 

» » Garibaldi (poema)— — — — — — — 

» » Vida que canta (poesías)— — — — — M 

Isidro Rodríguez Martín, Alma trágica —: — — — — > 

Illa Moreno, Rubíes y Amatistas (poesías) — — — — » 

Eduardo Gandolfo, De Ayer (versos) — — — — — > 

Carlos Roxlo, El libro de las rimas (en rústica) — — > 
» » » » » » (en tela/, buena en- 

cuademación— — 
César Miranda, Las Leyendas del Alma (agotado) — . — 
José L. Gomensoro, El país que se ama (cuentos) — — » 
Delmira Agustini, El Libro Blanco (poesías) — — — » 
Federico Gir ai di, Mirim poesías) — — — — — — » 

Roberto de las Carreras, Suspiro á urra palmera (poema) " 1 -0C 
Andrés T. Gomensoro, Rumbo al Sol— — — — — — » 

EN PRENSA: 

María Morrison de Parker, El padrino de Cecilia (no- 
vela) — — — — — — — — — —— ___ 

BIBLIOTECA TEATRO URUGUAYO 
Ismael Cortinas, El Credo (comedia en un acto) — — » 
Luis Scarzolio Travieso, Cabecita loca — — — — » 

Autores extranjeros: 

Max Pemberton, El Pirata de Hierro — — — — — — 

Guy Boothby, La venganza del Dr. Nicola — — — — 

Le Blanc, Aventuras de Arsenio Lupin ( La dama rubia ) » 
Gastón Leroux, El Misterio del Cuarto Amarillo — — » 

El hombre que vio al Diablo — — — 
M perfume de la dama restlda «le negro — — — — — — * O.Sía